Entretenimiento
Por Rodrigo Salazar
14 de Julio de 2011

Hace medio siglo Ernest Hemingway se suicidó. Fue exactamente el 2 de julio de 1961 que Hemingway, Premio Nobel de 1954 y acaso el escritor más importante y vanguardista del siglo XX, puso final a la crónica depresión que sufría desde hacía un año y medio antes.
Hemingway, junto con Truman Capote, es uno de los escritores estadounidenses de culto que lograron masificar su obra y llegar tanto al público consumidor de literatura artística como al menos educado. Su forma de llegar a ellos fue criticada por muchos, principalmente William Faulkner: “Hemingway tiene un vocabulario limitado”, a lo que Papa, como era llamado por sus amigos cercanos, respondía que el mejor escritor no es aquel que lleva a sus lectores constantemente a un diccionario, sino el que cautiva a más y les permite entenderlo todo.
Así, pues, Hemingway creó una prosa pulcra, directa y sencilla, pero a la misma vez categórica y segura. Fue quien enseñó a que en la literatura no se debe iniciar una oración con “pero”, ni magnificar las cosas con el tan inexacto “muy”. Fue uno de los escritores que mejor logró unir sus párrafos y terminar los capítulos de sus novelas. Hemingway, sin embargo, se consideraba más un cuentista que un novelista (de hecho, escribía novelas para poder mantenerse económicamente y así poder escribir los cuentos que tanto amaba). Fue así como enseñó que una historia no se acaba cuando se terminan las páginas, sino después de la reflexión que ésta genera. Luego esto se conoció como la teoría del iceberg, que señala que lo que está escrito es sólo la punta del iceberg, pero debajo hay todo un mundo que no se explica y que el lector debe descubrir por su cuenta. Esto fue, asimismo, una de las grandes diferencias respecto de la literatura latinoamericana de la época.
Hemingway fue un escritor autobiográfico. Su novela The sun also rises (1926), una de las que lo disparó al estrellato, trata sobre una de sus pasiones más grandes: la tauromaquia. Luego, A farewell to arms (1929), que lo consolidó como escritor, cuenta una historia de amor durante la Primera Guerra Mundial, muy similar a la suya con su primera esposa. Probablemente la novela que lo llevó a convertirse en “el” escritor fue The old man and the sea (1952), donde están retratadas la pesca y el mar, unas de sus mayores pasiones, y que lo llevó a ganar el Premio Pulitzer en 1953 y, al año siguiente, el Nobel. Sin embargo, la obra que más marcó su estilo fueron sus cuentos, donde están todas sus pasiones: la caza, la pesca, los toros, las armas, el alcohol, el mar y los botes, como en las historias de Nick Adams y el famoso The snows of Kilimanjaro.
Su literatura, tan autobiográfica, y la afición de la gente por Papa, hizo que su mito trascendiera más allá de lo imaginable, y que el ego de Hemingway llegara a niveles insospechados. El escritor era prácticamente la definición de lo macho, precisamente por el gusto que sentía por los temas que escribía. Había sufrido dos accidentes de avión, otros más de auto, en toda su vida recibió nueve impactos de bala, fue reportero en la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil Española, solía pelearse en bares de joven y, aunque se especula, se dice que buscaba submarinos nazi en las aguas del Caribe (Hemingway vivió en Kew West y Cuba la gran parte de su vida). Un redactor de la revista Time, en la que Hemingway publicó por primera vez The old man and the sea el 1 de setiembre de 1952 –y que vendió 5 millones de copias en tan solo dos días– dijo que el escritor quería aparecer “como todo un macho” en la portada, porque “eso es lo que la gente espera de mí”. Cuando no se le hacía caso a Papa, éste rompía en furia, golpeaba las paredes, rompía sus cañas de pescar contra las rocas de la playa y gritaba por doquier.
El suicidio de Hemingway fue producto de la tremenda depresión que vivía y que no le permitía hacer lo que le hacía latir: no podía cazar, no podía pescar, no podía navegar, no podía escribir, no podía disparar, al menos hasta ese 2 de julio de 1961. Hemingway intentó suicidarse varias veces antes de su día final. Uno de sus amigos más cercanos, el escritor Aaron Edward Hotchner (y que escribió la biografía Papa Hemingway), comentó en un artículo en el New York Times el pasado 2 de julio que cuando Hemingway era llevado en avión a una clínica después de un quiebre depresivo quiso saltar del avión, y una vez aterrizado, lanzarse contra las hélices. ¿El motivo? Hemingway se lo contó a Hotchner.
“Papa, ¿por qué te quieres suicidar?”
“¿Qué crees que le pasa a un hombre que está por cumplir 62 años cuando se da cuenta de que nunca podrá escribir los libros e historias que se prometió a sí mismo? ¿O ninguna de las otras cosas que se prometió en sus mejores días?”
Hemingway, además, creía que era perseguido por el FBI (algo que luego se confirmó, pues Edgar Hoover investigaba las actividades del escritor en Cuba). Esto último fue el catalizador de su suicidio, impulsado por su depresión repentina. Cuando cumplió 60 años hizo una fiesta que duró dos días enteros, pero no pudo llegar a los 62. Ese 2 de julio de 1962, mientras su cuarta esposa Mary Welsh dormía en la casa de Idaho, el escritor bajó las escaleras, cogió su escopeta y, de la misma forma que lo hizo su padre y, años después, uno de sus hijos, escribió su último punto final.

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